Apuntes sobre el mínimo arte del retorno (Parte 2 de 3)

19 08 2008

03/07/2008
LA BRAVA DE TOLEDO

Cervantes hace decir a aquél de sus personajes que pervive en la agradecida memoria de hasta el más ineficaz de los lectores que la Historia es “émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir”. La aguda sentencia halla su antecedente en la definición obsequiada por Cicerón en De Oratore, II, IX, 36: “Historia vero testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae, nuntia vetustatis”. Una buena parte de la memoria de la humanidad, la biblioteca del palacio de Sanlúcar de Barrameda, descansa luego de la vehemente tarea a la que Doña Luisa Isabel Álvarez de Toledo y Maura la sometiera casi hasta la jornada en la que brilló la majestad de su muerte. Yace a medias respondida la insolente misiva que le envié, en años curiosos, inquiriendo acerca de la dudosa existencia de Abdul Yasar ibn al Yamani, llamado también al Mizri (el terror), al Simawi (el médico), al Qemti (el egipcio) y al Mashdub (el demente, pero asimismo el ebrio de Dios), celebrado en la perplejidad de sus comentadores actuales como Abdurrabbí o Abdul Hadrat al Hazred, una cohesiva simplificación de sus apelativos que confirman su origen semita y su locura. Sería Abdul Yasar un egipcio de buena familia nacido a finales del siglo VII, de insegura procedencia judía, verosímilmente iniciado en la pureza de los comienzos de la Kabbalah importada de la lejana Babilonia, estrujado entre las exigencias  de la fe de Yahvé, las coloridas tradiciones de los aún potentes dioses egipcios y las astringencias del novísimo Islam.  Lee el resto de esta entrada »





Publio Elio Adriano

10 07 2008

PUBLIO ELIO ADRIANO (24 de Enero de 76 – 10 de Julio de 138 EC)

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Italia ha sido para los hombres de letras británicos, desde Shakespeare hasta Oscar Wilde, fuente de solaz, de refugio y aun de exilio. Hacia fines de las segunda década del siglo XIX, Percy Bysshe Shelley, cuyo talento como el mayor de los poetas románticos ingleses es quizás sólo eclipsado por el de Keats, mencionó en su breve poema Ode to the West Wind a Baia, cierto lugar en la bahía de Nápoles, hoy superado por las aguas, donde casi dos milenios atrás muriera quien fue posiblemente el más ilustre de entre los ilustres romanos.

La gloria de Adriano no se forjó en la conquista de nuevas fronteras, ni en la estricta observancia de alguna religión; mucho menos en la grandilocuencia del heroísmo o del martirio. Por el contrario, fueron sus  pasiones artísticas, arquitectónicas, literarias, políticas e incluso eróticas las que condujeron a sí mismo y al Imperio a su apogeo. Su mejor biógrafo, Anthony Birley, lo apodó the restless emperor, el emperador inquieto: visitó  casi todas las provincias, que hasta entonces no habían sido para sus antecesores poco más que mero catálogo impositivo. Para recibirlo, y con su anuencia y patronazgo, se construían necesarias obras públicas, se mejoraban los caminos, se abrían nuevas rutas al comercio y se cultivaba un esteticismo deliciosamente decadente. Suavizó, hasta donde ello era posible, el trato dispensado a los esclavos. Tras su paso, este legado se mantendría hasta mucho después de su muerte. Sus guerras fueron puramente defensivas; con excepción de los zelotas, los bárbaros llegaron a admirarlo y a formular votos por su salud. Lee el resto de esta entrada »