Apuntes sobre el mínimo arte del retorno (Parte 3 de 3)

9 09 2008

14/07/2008
DEL FASCISMO CON ROSTRO ORIENTAL

Si algo puede decirse de los regímenes que dieron en llamarse a sí mismos, obviando cualquier desinterés por la jactancia, democráticos y populares (eufemismos éstos que intentaban esconder las aspiraciones falsamente socialistas de sus gobiernos), es que instalaron, en extravagante obediencia a las recomendaciones del Manifiesto Comunista, en toda ocasión la dictadura, y nunca la del proletariado. A lo más, se trataba de excrecencias del sector que se había hecho con el poder y se convertía desde entonces en sitial indiscutido del liderazgo de las masas, casi siempre indiferentes a las necesidades de éstas, y aun a veces en su contra, de acuerdo a la atinada expresión del pensador Juan José Sebreli. La incongruencia de la peste política que todavía en estos días campea en la coincidentemente democrática y popular República de Corea del Norte es que acentuó el extremo de la desviación de la doctrina marxista clásica hasta el grado mayúsculo del ridículo; si Mao Zedong había errado monumentalmente al pontificar que no era el proletariado urbano e industrial el sujeto histórico de la revolución, sino el campesinado, en flagrante y vanidosa oposición a los textos del por entonces ya ampliamente tergiversado Karl Marx, la ignorancia o la mala fe de Kim Jong-il supuso una nueva afrenta para las castigadas poblaciones sujetas a lo que queda de los fascismos de izquierda en el siglo que corre. El dictador norcoreano buscó y halló una nueva casta a la que encumbrar para desairar a las fuentes del marxismo: no son los campesinos los convocados a llevar a cabo el patatús de la insurrección contra la burguesía, sino las fuerzas armadas. La afirmación puede provocar una sonrisa fuera de Corea del Norte; dentro, es uno de los dogmas del terror.

La desaparición física de Kim-il Sung, el anterior mandamás de esa parte de Corea (no puede hablarse de muerte, ya que Sung preside los destinos de su país desde la eternidad; para la ortodoxia del Partido de los Trabajadores Coreanos no es asunto de broma) en 1994 dejó a su hijo y sucesor con la escolástica obligación de fundar un corpus doctrinario que igualara en rapacidad y estupidez al juche, tan fieramente sostenido por su progenitor. El songun, tal el apelativo escogido, predica que no es el pueblo el origen de la soberanía por lapsos depositada en sus representantes, sino los ejércitos, quienes no deben subordinación ni obediencia a las autoridades que la voluntad popular señaló, sino a los anhelos de su  comandante y a sí mismos, puesto que son ellos, y sólo ellos, de acuerdo a las letanías políticas que son de obligada memorización en las generaciones norcoreanas, quienes poseen la indispensable lealtad, la necesaria cohesión, el imprescindible dinamismo y el ineludible sprit de corps inexcusables para la edificación del socialismo.

Las vastas prerrogativas concedidas al linaje de los uniformados fueron moneda corriente en los modos que el fascismo adoptó en el ámbito de los países sojuzgados por el modelo soviético. De hecho, la propia Unión Soviética consistió sencillamente en un totalitarismo basado en el culto fervoroso a la personalidad de los líderes que devino burocráticamente en una dictadura desmovilizadora con raíz militar. Con Kim-il Sung serenamente gobernando desde regiones celestiales, la satrapía de Corea del Norte transitará incómodamente la senda que va desde el ruidoso ardor exigido a las muchedumbres hasta el silencioso sometimiento demandado a los súbditos. La escuela del songun sasang (los militares primero) confirma el grotesco de la irracional vía política de Corea del Norte, empeñada en malgastar sus nada opulentos recursos en la única guerra en la que es capaz de triunfar: aquélla que libra contra su propio pueblo.  

  

22/07/2008
LAS ELECCIONES DE LA SEMEJANZA

Quizás el peor de todos los tristes legados que el mundo heredará de la administración Bush Jr. sea el constante y pavoroso goteo hacia posiciones paleoconservadoras que su gestión impulsó, ya a sabiendas, ya motivada por la típica inercia de quienes hallan la razón de ser de sus vidas en impedir el progreso de aquéllas circundantes. Arribar a este infecundo estado de cosas fue posible, es justo mencionarlo, gracias a la complicidad de la tal vez más toscamente pueblerina Corte Suprema de los Estados Unidos en mucho tiempo (con la notable excepción de la juez Ruth Ginsburg y, en menor medida, del juez Stephen Breyer en solitaria minoría liberal), órgano que nos ha obsequiado, entre otros espléndidos presentes, la ominosa  Protection of Lawful Commerce in Arms Act (Ley de Protección del Comercio Legal de Armas), la cual exime de toda responsabilidad penal a los fabricantes de armas de fuego por los crímenes que se cometerán en virtud del uso de sus mortíferos productos. En una nación que cree, legislativa y judicialmente, que los anabólicos esteroides son más peligrosos que las balas, no es difícil observar en las ferias de los estados más tradicionalistas a niños jugando a acertar blancos con armamento pesado en medio de la algarabía de sus parientes y el estruendo de las ráfagas.

Subsiste escaso espacio para el disenso en los debates que generan las elecciones presidenciales en curso. El Partido Republicano, llevando su coherencia ideológica a los límites de la racionalidad, como es su costumbre, insiste en adherir a la imperecedera plataforma antediluviana que moviliza a sus simpatizantes a arrasar con cualquier reforma social no prevista por los compiladores de la Sagradas Escrituras. El republicanismo adolece de una terca contradicción: mientras brega por un federalismo militante que reste fuerzas al gobierno central, mantenga los impuestos en su mínimo nivel y cierre las puertas a todo avance de los poderes sobre los derechos de los ciudadanos, al mismo tiempo intenta inmiscuirse hasta en los más umbríos aspectos de la vida privada, arremetiendo contra aquéllo que en palabras del exiguo novelista (muy británicamente conservador, por supuesto) Anthony Burgess se denominaría el reino de los réprobos. 

Sorprende, es verdad, el tozudo deslizamiento hacia posturas religiosas y conservadoras que es furor por estas horas en el Partido Demócrata. Es seguro que un candidato que se proclame públicamente de tibia fe en los Estados Unidos comete suicidio político; solía ser también innegable que los demócratas se ufanaran en sostener aires mucho más compatibles con una sociedad moderna y liberal que sus contrapartidas republicanos. La Convención Nacional Demócrata de finales de Agosto tuvo el honor de desmentir la anterior suposición. No se trata, como podría sugerir una lectura apresurada de los acontecimientos, de que las jerarquías demócratas hayan traicionado a sus votantes y hayan eludido maquiavélicamente los imperativos de sus postulados. Por el contrario, es al estadounidense medio el que ha efectuado un previsible pero no por ello menos aterrador giro hacia la derecha, tal vez fascinado por la magnificencia y el vigor que restallan en los poderosos círculos de las aristocracias ligadas a la Casa Blanca y al Capitolio, más aun si son consideradas éticamente rectas y divinamente enaltecidas. Así, los asistentes a la Convención, en lugar de congratularse por la nominación del primer afroamericano a la magistratura más importante del país, se aseguran de exigir (y de obtener) de Barack Obama prédica en pro de los perdurables valores estadounidenses (monogamia heterosexual, culto dominical, patria vigorosa) que se oiría más adecuada en boca de John McCain. La presión de estos grupos resulta tan agotadora que Obama se ha visto en la necesidad de nombrar a un Director de Asuntos Religiosos para que ocupe un sitio de privilegio entre sus colaboradores más cercanos. Por otra parte, el pastor evangélico Jim Wallis, autor de un volumen que insta a los estadounidenses a asumir más combativamente su fe en lo que, según su opinión, es una potencia casi atea, urge a Barack Obama a percatarse del hecho de que la política ha estado usando y sirviéndose de la religión demasiado largamente. No ignoro que no coincidiré en absolutamente ningún razonamiento con el pastor Wallis, menos aún en éste; a mi humilde entender, el aprovechamiento ha sido exactamente el opuesto.

 Extrañas y deslucidas elecciones éstas, en las que el candidato conservador quiere desprenderse del añoso andamiaje de su partido para embolsar votantes moderadamente obtusos, y el candidato progresista pelea por deshacerse de una imagen excesivamente exótica para testificar que también él es, lo jura, un estadounidense medio; presumiblemente su objetivo es disputar a McCain el grueso de esa inmensa colección tan bien definida por José Ingenieros ante la que han debido y deben inclinarse reyes, ministros, líderes, emperadores, presidentes y sumos pontífices: los hombres mediocres.  

 

31/07/2008
ENSAYO SOBRE LA NORMALIDAD DE LA IDIOTEZ

En el mes de Enero de 1936 Josef Stalin asistió a una representación de la ópera Quiet Flows the Don (El Don Fluye Apacible) del compositor ruso Ivan Ivanovich Dzerzhinsky, quien basó su drama musical en un libro del mismo nombre, de disputado autor, puesto que las historias de la literatura dan por cierto que fue escrito por Mikhail Sholokhov, en tanto el muy notable y en ocasiones muy equivocado Alexandr Solzhenitsyn (no es el único) lo atribuye al más talentoso y desconocido escritor cosaco Fyodor Kryukov. Pocas dudas subsisten en lo que toca a la autoría de la historia: Sholokhov fue un oportunista advenedizo escogido por Stalin para cantar loas al golpe de Estado que tuviera lugar en Rusia en Octubre de 1917 y que encumbrara a monstruos como su propia y venerada persona al poder. Kryukov, muerto de fiebre tifoidea en 1920, poco podía hacer para protestar su disconformidad. Sholokhov escaló puestos en la soviética jerarquía de los redactores asalariados por el Partido Comunista hasta obtener la vicepresidencia de la nimia Asociación de Escritores Soviéticos, cargo que no le fuera ofrecido en reconocimiento a sus méritos retóricos, sino como recompensa a sus funciones no fielmente literarias: sicofante, delator, arribista, negador de las atrocidades cometidas durante el estalinismo, apologista de esa forma sistemática de masacre que la reticencia comunista disfrazó en la Unión Soviética como colectivización. En 1965, en otra de sus inexplicables elecciones, la Academia Sueca le regalaba irreflexivamente un Premio Nobel. 

Stalin se encargó de propalar abundantemente su aprobación para con la pésima creación sonora de Dzerzhinsky. Pocos días más tarde, en el mismo teatro, se encontraba farfullando su anatema contra la muy diferente Lady Macbeth of the Mtsensk District de Dmitri Shostakovich; los rústicos oídos del déspota no atinaban a comprender el trabajo de un genio. Los ágiles corredores palaciegos se apresuraron a comunicar los rumores que concernían al juicio del dictador a las afanosas manos de los servidores del régimen: a Dzerzhinsky le fue concedido el dudoso honor de ser acreedor al Premio Stalin y a un influyente cargo en la Unión de Compositores Soviéticos. Shostakovich debió soportar una censura doble: artística, en tanto su música fue descrita como aburguesada (y por consiguiente indigna de ser interpretada en tiempos revolucionarios); y moral, ya que el libreto de la ópera muestra simpatía para con una mujer que recurre al asesinato para librarse de un matrimonio infeliz y consumar una unión más amorosa, irreverencias sangrientas que fueron recibidas con escándalo por la afrentada pureza de la burocracia comunista. El pasquín neoyorquino The New York Sun se refirió a la ópera burlonamente como pornofonía. La revista Time designaría a Stalin como el Hombre del Año en 1939, doce meses antes había hecho lo propio con Hitler; corrían los cetrinos tiempos de coqueteo de las atemorizadas democracias para con los lóbregos fascismos. Shostakovich debería esperar hasta la muerte de Stalin para acceder a una morosa reivindicación; aun así las autoridades soviéticas le reprochaban el tener demasiados amigos de origen judío. Se llegó a un acuerdo con él: se uniría al Partido Comunista y las restricciones cesarían como por arte de magia. Su hijo revelaría mucho después que Shostakovich completó la solicitud de afiliación entre lágrimas. En 1965 comenzaría la rebelión de Shostakovich: se opuso junto a otros veinticinco intelectuales a la rehabilitación política e histórica de Stalin y unió fuerzas con el filósofo Jean-Paul Sartre y la eximia poetisa Anna Akhmatova en la defensa del escritor Joseph Brodsky, condenado a cinco años de trabajos forzados por los graves delitos de ser poeta sin la bendición de la Asociación de Escritores Soviéticos y de ser judío. Este apoyo le valió a Brodsky la conmutación de su pena por la de la expulsión de la Unión Soviética, situación que pocos analistas definían por aquellos años como un castigo. 

Rondaban por la cabeza de Peter Seeger los acordes de la más famosa canción de protesta e ícono insuperable de los derechos civiles, We Shall Overcome, en días tan tempranos como los del año 1947. Seeger agregó unos versos a lo que había sido hasta ese entonces un gospel compuesto por Charles Tindley en 1901 como himno de camaradería en las huelgas conjuntas de mineros blancos y afroamericanos para ser cantadas en las iglesias de Philadelphia. Seeger había conocido cierta popularidad como compositor de baladas en apoyo al bando republicano en la Guerra Civil Española, de las que sobreviven There´s a Valley in Spain called Jarama y Quinta Brigada, entre otras pocas. Sus lazos con organizaciones socialistas y comunistas en el período de entreguerras y posteriormente durante la Segunda Guerra Mundial le ganaron la enemistad de los cazadores de brujas más insaciables de entre los seguidores del macabro senador Joseph McCarthy. En Agosto de 1955 Peter Seeger fue citado a declarar ante el ampulosamente caricaturesco Un-American Activities Committee (Comité de Actividades Anti-Estadounidenses), un rejunte de informantes, políticos grises y ambiciosos, fanáticos anticomunistas y densas mediocridades más afines al mundo de la picaresca malévola que al de la política. Enaltece a Seeger haberse negado a testificar, a revelar nombres de amigos o conocidos o a otorgar sumisamente detalles sobre su vida privada y sus posiciones políticas. Su valentía, por cierto, le costó la molestia, sobre todo pecuniaria, de ser incluido en las profusas y temibles listas negras.

Con una condena a prisión pendiendo sobre su libertad y rechazado por gran parte del mundo del espectáculo, Seeger, recluido en su domicilio y refugiado en la lectura, reparó en las estrofas de una canción popular de Ucrania, país no lejano al ruso río Don, la cual pregunta: “Where are the flowers? The girls have plucked them. Where are the girls? They’ve all taken husbands. Where are the men? They’re all in the army.” (¿Dónde están las flores? Las jóvenes las han arrancado. ¿Dónde están las jóvenes? Todas se han casado. ¿Dónde están los maridos? Todos están en el ejército). Estos versos figuran en el libro erróneamente atribuido a Sholokhov. Sin hacerse demasiadas ilusiones, Seeger grabó un popurrí en donde incluía esas líneas y se olvidó del asunto. Joe Hickerson, músico amigo de Seeger, agregó un par de rimas y de ese modo la canción, destinada a un abandono raudo, quedó completa.

La popularidad cayó sobre Peter Seeger como una violenta tormenta de verano. La actriz y cantante Marlene Dietrich, sabedora de las tribulaciones políticas y económicas de Seeger, escogió su canción para una grabación a beneficio de UNICEF en 1962. La primera versión fue cantada en francés por la irresistible voz de la Dietrich (Qui peut dire où vont les fleurs?); esa tonadilla bastó para devolver a Seeger a los primeros puestos como artista folk y a proporcionarle notoriedad mundial. Marlene Dietrich concluyó dos versiones más, la original en inglés y una tercera en alemán (Sag’ mir, wo die Blumen sind?). Para entonces no había cantante de monta que no quisiera participar en las celebraciones que correspondían al regreso de Peter Seeger a la dimensión de los vivos y tolerados: Dalida, Joan Baez, Johnny Rivers, Massive Attack y la rolliza Dolly Parton se unieron a la agradecida fratría de exportadores del hit. 

 

Marlene Dietrich agregó un servicio más a su larga enumeración de contribuciones para con su amigo Seeger y para con la humanidad. A mediados de los sesenta, durante un viaje a Israel en el que fuera merecidamente homenajeada por su incuestionable apoyo al bando Aliado en la Segunda Guerra Mundial y al pueblo judío, la diva se atrevió a cantar, en alemán, la canción de Seeger. Hasta entonces el uso de ese idioma, por razones harto conocidas, estaba interdicto, aunque no oficialmente,  en Israel. La audiencia vitoreó su interpretación impecable, poniendo fin a una prohibición no escrita pero ya superflua a dos décadas de la derrota de la maldad nazi.

 Joseph Brodsky, poeta mencionado en razón de sus conflictos con las élites de esa insuficientemente compasiva superestructura llamada Estado borroneó en una de sus anotaciones que si nuestros líderes políticos fuesen elegidos sobre la base de la calidad de sus lecturas y no en razón de sus poco veraces promesas electorales, la desolación hallaría menor campo fértil en el planeta. El recatado pero valedero coraje de Shostakovich, la bravura ante los atropellos del vasto poder y la lealtad de Seeger para con sus amigos y, por sobre todo, la solidaridad y ese encanto imperecedero que rebalsó del curvilíneo cuerpo de Marlene dan cuenta de la en muchas oportunidades desconocida y amarga tarea del artista y del intelectual que consiste en despertar conciencias en la sociedad humana, la cual, en tantas ingratas ocasiones, no sabe reconocer nada, ni siquiera el talento.

 Hadrian Bagration

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11 responses

9 09 2008
Consuelo

Estimado Hadrian:
Me han encantado como siempre tus comentarios sobre el arte y el poder. Básicamente la historia refleja cansinamente lo mismo: los artistas geniales no suelen prosperar con los poderosos ya que son incómodos. El poder prefiere gentes grises que no piensen, que no cuestionen y además que enaltezcan al tirano. Ha sido así desde la antigüedad y no parece que vaya a cambiar, sin importar el color de la tiranía. ¡Qué pena de humanidad!
De todos modos, sus voces no acaban de ser acalladas, ahí siguen y nos llegan, a veces por las vías mas insospechadas, lo que hace conservar la fe en el ser humano, aunque entre medias nos vendan un poco de humo, como Mr. Obama, puro márketing que por obtener los votos de los adocenados y conformistas nos vende una milonga extraordinaria. Claro que la alternativa…
Muchas gracias cono sienpre por sus escritos, tan interesantes.

9 09 2008
Andrea

Fascismo, totalitarismo, dictadura, sometimiento, paleoconservadurismo y mediocridad, y por otro lado, valentía, solidaridad, encanto y talento. Cuál será la que prevalezca cuando se hable del legado de la humanidad?

10 09 2008
Borges Fan

Por fin un nuevo texto de Hadrian Bagration! Lamento que haya llegado el fin de estos retornos, me agradó muchísimo este repaso de temas tan interesantes. Espero la próxima entrega.

10 09 2008
Andy

Excelente aporte de Hadrian, como es costumbre, muy especialmente en el tema de la relación entre los artistas y las dictaduras.

10 09 2008
Roxana

Creíamos que habíamos perdido a Hadrian Bagration, por suerte no. Muy brillante como siempre. Saludos míos, de Martiniano y Zacarías.

10 09 2008
Mariano

Excelente nota, cada vez estoy más convencido de leer ests líneas tan bien escritas son una bocanada de aire fresco para todos los que queremos más libertad e iguladad. ¡Gracias!

11 09 2008
Zaca

Volvio Hadrian! Genial sobre todo la última parte. Estamos pensando en hacer un blog de las carreras de la UP y vamos a poner un link a Raza Paria.

11 09 2008
Pilar

Qué suerte volver a leer un texto de Hadrian con toda su encantadora erudicion.

11 09 2008
Vivian

Es una suerte que al fin publicaran este artículo de Hadrian.
Leyendo los comentarios de los lectores y expresando también el mío, entiendo que somos muy afortunados en haber llegado hasta aquí para poder disfrutar de su producción.

12 09 2008
Julia

Bienvenida esta nueva contribución de Hadrian Bagration, que viene a alborotar el mundo de las lecturas sencillas y superficiales del que tnemos pocas formas de salir.

13 09 2008
mariel

No nos priven nunca de las excelentes crónicas de Hadrian Bagration. Oxigena leer y releer la esplendidez de sus artículos, frente a cuanto pseudo-escritor que anda suelto..

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