14/07/2008
DEL FASCISMO CON ROSTRO ORIENTAL
Si algo puede decirse de los regímenes que dieron en llamarse a sí mismos, obviando cualquier desinterés por la jactancia, democráticos y populares (eufemismos éstos que intentaban esconder las aspiraciones falsamente socialistas de sus gobiernos), es que instalaron, en extravagante obediencia a las recomendaciones del Manifiesto Comunista, en toda ocasión la dictadura, y nunca la del proletariado. A lo más, se trataba de excrecencias del sector que se había hecho con el poder y se convertía desde entonces en sitial indiscutido del liderazgo de las masas, casi siempre indiferentes a las necesidades de éstas, y aun a veces en su contra, de acuerdo a la atinada expresión del pensador Juan José Sebreli. La incongruencia de la peste política que todavía en estos días campea
en la coincidentemente democrática y popular República de Corea del Norte es que acentuó el extremo de la desviación de la doctrina marxista clásica hasta el grado mayúsculo del ridículo; si Mao Zedong había errado monumentalmente al pontificar que no era el proletariado urbano e industrial el sujeto histórico de la revolución, sino el campesinado, en flagrante y vanidosa oposición a los textos del por entonces ya ampliamente tergiversado Karl Marx, la ignorancia o la mala fe de Kim Jong-il supuso una nueva afrenta para las castigadas poblaciones sujetas a lo que queda de los fascismos de izquierda en el siglo que corre. El dictador norcoreano buscó y halló una nueva casta a la que encumbrar para desairar a las fuentes del marxismo: no son los campesinos los convocados a llevar a cabo el patatús de la insurrección contra la burguesía, sino las fuerzas armadas. La afirmación puede provocar una sonrisa fuera de Corea del Norte; dentro, es uno de los dogmas del terror.
La desaparición física de Kim-il Sung, el anterior mandamás de esa parte de Corea (no puede hablarse de muerte, ya que Sung preside los destinos de su país desde la eternidad; para la ortodoxia del Partido de los Trabajadores Coreanos no es asunto de broma) en 1994 dejó a su hijo y sucesor con la escolástica obligación de fundar un corpus doctrinario que igualara en rapacidad y estupidez al juche, tan fieramente sostenido por su progenitor. El songun, tal el apelativo escogido, predica que no es el pueblo el origen de la soberanía por lapsos depositada en sus representantes, sino los ejércitos, quienes no deben subordinación ni obediencia a las autoridades que la voluntad popular señaló, sino a los anhelos de su comandante y a sí mismos, puesto que son ellos, y sólo ellos, de acuerdo a las letanías políticas que son de obligada memorización en las generaciones norcoreanas, quienes poseen la indispensable lealtad, la necesaria cohesión, el imprescindible dinamismo y el ineludible sprit de corps inexcusables para la edificación del socialismo. Leer el resto de esta entrada »
Diez han sido ya los escuetos artículos, reseñas, semblanzas, reflexiones o crónicas que la estoica paciencia de quienes dirigen y producen Raza Paria me ha permitido, no sin cierta resignada generosidad de su parte, publicar en esta aún modesta pero ambiciosa plaza de la Internet. Ciertas obsesiones ya irrefutables en mi carácter se han encargado de la caótica selección de los temas. No he escrito para el asombro porque no ignoro que soy capaz de lograrlo sólo fugazmente; mis intromisiones en el mundo de las letras virtuales hallan su raíz más en la satisfacción de una caprichosa vanidad intelectual que en la tenaz defensa de una ideología. Creo, es verdad, que cada hombre es su propio dios y que da a luz al mundo a la imagen y semejanza de sí mismo que supone poseer. La comedida majestad de mi habilidad para garabatear juicios sobre el blanco de un papel –o sobre la mortecina luz de una pantalla- es prueba suficiente de mis limitaciones como escritor: la sencillez de la condena o de la apología disfrazan la ausencia de un más complejo, y por ello menos profuso, árido hábito del análisis.
Siento que me estoy volviendo una paria en mi propio continente. Yo y millones más. Y no me gusta discriminar o hacer diferenciaciones por nacionalidad, pero últimamente se viene repitiendo una situación que me está generando cierta bronca hacia nuestros vecinos de arriba. Más que una situación es una palabra, un término que no debería ofender a nadie, ya que no hace más que describir. Se trata de la palabra americano.
hostilidades electorales como un heterodoxo miembro de su partido y ácido crítico de la administración Bush, coquetea con laxas propuestas económicas, ambientalistas e inmigratorias, lo que despertó en múltiples oportunidades las iras de los sectores más reaccionarios del republicanismo.
“I’d rather be judged by 12 than carried by 6″ (Prefiero ser juzgado por 12 que enterrado por 6) es una frase repetida hasta la náusea por aquellos ciudadanos estadounidenses que se declaran ferozmente en favor de la Segunda Enmienda de la constitución de su país, la cual los autoriza a adquirir, cobijar y, de ser necesario, utilizar armas de fuego en defensa propia, de sus familias y de sus bienes. Los números hacen alusión a los doce miembros de un jurado ante el que serían llevados en caso de que debieran rendir cuentas de su decisión de herir o matar, y a las seis personas allegadas al muerto a las que tradicionalmente se les encomienda cargar con el peso del ataúd hasta el sitio de descanso final, si es que el desdichado en cuestión, desamparado por un Estado indiferente a los derechos de los contribuyentes, ha caído víctima de la delincuencia.
Desde principios de este año, Caroline Bouvier Kennedy, hija del asesinado presidente y de Jacqueline Bouvier, en un artículo de opinión publicado en el New York Times (