Esta semana en la columna de tendencias hablé del resurgimiento de los bodegones porteños, esos reductos que nacieron en los años 20 como comedores para los obreros y trabajadores portuarios de Buenos Aires y que, ya en la década del 50, conquistaron a bohemios, periodistas, intelectuales y artistas por igual. Luego de una paupérrima década del 90 (durante la cual hasta el mítico Café Tortoni estuvo a punto se sucumbir), la afluencia del turismo y la revalorización cultural de los locales permite hablar de un renacer basado en la comida casera, la atención artesanal y la ambientación retro original. Sobre todo ahora que el invierno azota, recomiendo que no dejen de probar exquisiteces que nunca pasan de moda como el guiso de rabo de toro, el puchero con panceta y el flan casero con dulce de leche y crema. El Vulcano en San Telmo, El Obrero en La Boca y Miramar en San Cristóbal son tres referentes indiscutibles, con dueños que se remontan tres generaciones atrás y que reflejan ese hoy polvoriento orgullo porteño que intenta volver a brillar como en los mejores tiempos.
Delfina Krüsemann